lunes, 20 de octubre de 2008

Los ojos


Cuando me cruzo con un ser humano que lleve un cuerpo ajeno al mío, lo primero que hago es mirarlo a los dientes. No a los ojos. No a esas bolas húmedas que se incrustan bajo las cejas después de la sexta semana de gestación.
Me dan asco los ojos. Me estremece su color y la posibilidad de que rueden por el suelo. Náuseas, las pestañas. Pelos alrededor de las pelotas pegajosas, que se mueven con nervios de manera involuntaria cada dos o tres segundos. Cinco si hay sorpresa. Cada un segundo si se llora, y media fracción se no se entiende, sino se que quiere lograr entender.
Por eso miro a los dientes. Al verdadero reflejo del alma. La portada higiénica, social y económica. La verdadera carta de presentación que nos impulsa a un beso, a una revolcada escandalosa o a un simple apretón de manos. Los dientes son seres innanimados que varían en su color, tamaño y forma de acuerdo a lo que representen. Se pudren sin lavado.
Sin una buena pasta.
Me gustan los dientes porque siguen el proceso vital de las personas y de todo lo que se mueve en una o más patas.
Y sin patas también.
Los dientes se caen como se cae la inocencia cuando ves a tu padre dándole la mano a una mujer distinta de tu madre. Se caen como se cae la inocencia después de una mano que no es tuya entre las piernas, como se cae la inocencia cuando miras el cielo de noche entendiendo por qué no hay ni San Nicolás ni conejo de pascuas.
Ni ratón de los dientes.
No, no hay.
Me gustan los dientes porque renacen, como superando etapas. Como encarando los malestares de la vida, mientras las bolas allá arriba sólo saben cómo se derrama la sal contaminada, a veces engañosa.
De cocodrilo.
Las muelas son mis preferidas. Todo lo reducen en secreto. Nadie pone atención a las que a escondidas todo lo controlan, triturando proteínas y malos pensamientos. Masticando ofensas, delirios de lo que se ingiere con un saludo, una despedida o un te quiero frío y mal dicho.
Los dientes se opacan según la costumbre. Crecen por conveniencia y simpatía a los objetivos y se metalizan de acuerdo al acceso económico de quien los lleva puestos.
Los dientes lo dicen todo. Lo muerden todo, lo muelen todo y todo, todo lo tocan. Los dientes te invitan a conocer el resto del otro o simplemente se ocultan para decir adiós, no quiero verte más.
Por eso lo primero que hago cuando me cruzo con otro ser humano que no lleve mi cuerpo, es mirarlo a los dientes, no a los ojos.

sábado, 11 de octubre de 2008

Conmigo siempre es lo mismo. Llevaba nueve meses acomodándome y cuando encontré la posición exacta, mi mamá me explusó de su ser como agotada de llevarme dentro, de alimentarme por el ombligo y vomitar cada vez que yo sentía náuseas.
Me estaba acostumbrando a ser hija única y nació mi hermano. Un ser gordo y de orejas pequeñas que me miró la primera vez como si yo hubiese sido la intrusa, como si la invasión a la vida en paz hubiese estado a mi cargo.
Aprendí a subir al resbalín de esa plaza tenebrosa que vivía cerca de mi casa, y la lluvia la oxidó hasta el exterminio. Me quedé cinco días recostada sobre el pasto cobre.
O no me gustan los cambios, o soy muy lenta para el común proceso humano. No llevo el ritmo. no sigo ni los pasos de la gente ni bailo en son de la música que todos escuchan.
Aprendí en primero básico a leer y escribir en español, cuando llegó una profesora hablando en inglés. Resolví por fin una suma matemática y empezaron los problemas de resta.
Todo es muy rápido para mi, que llevo sangre Cretti. Siempre la última en todo. Yo voy y ya viene la masa de vuelta haciendome burla. ¿Pero si no es Elena Magadalena?
Sí, sí. Esa soy yo.